Joaquín Ma Córdoba "Un caballero español en Isfahan"
La embajada de Don García de Silvia y Figueroa al sha Abbás el Grande (1614-1624)
Parte 3. Viaje marítimo
3. Los Comentarios de Don García de Silva y su aventura más extrema
Aunque apasionantes e intrincados los problemas de la política internacional de la época y el papel de España e Irán en
la misma, y sorprendentes los forcejeos entre la Corona y el Consejo de Portugal y las autoridades lusas en la India,
por fuerza hemos de centrarnos aquí en la descripción del viaje y sus aportaciones al redescubrimiento de Oriente y del
Irán antiguo y el que le fue contemporáneo a nuestro viajero, porque su libro es un monumento de la literatura española
y europea de viajes.
El Ms 18217 de la Biblioteca Nacional al que antes me refería, sin duda autógrafo, fue base de la edición de M. Serrano
y Sanz, que en su advertencia inicial aclara que como Don García de Silva había ordenado sus recuerdos en «libros», los
dividió él en capítulos y «puesto epígrafes en éstos para mayor comodidad de los lectores». Vamos pues a seguir su viaje,
y lo siguitnte no aspira a ser más que un resumen apresurado de una aventura y un libro portentosos.
3.1. Levando anclas en Lisboa. De la mar, los barcos y los inmensos océanos
El largo viaje por mar de Don García y su séquito, hasta su primer destino en Goa, duró casi siete meses de navegación
constante, sin tocar jamás tierra, según la vieja «volta grande» de los pilotos portugueses de la carrera a la India.
El martes 8 de abril salieron de Lisboa tres naves, en cuya capitana Nuestra Señora de la Luz, iban el embajador con
los suyos y el armenio Cogelafer, enviado del sha. Guiaba la flota el piloto mayor Gaspar Ferreira, que decidió al
principio navegar a media vela para dejar que se les unieran otras dos naves rezagadas. Siguiendo vientos de suroeste,
el día 14 se avistó la isla de Puerto Santo, y el 15 se dejó Madeira por estribor, tomándose luego rumbo sur, con todo
el velamen desplegado en busca de las Canarias, que el 17 se fueron perdiendo a su vez por babor. Como era costumbre
entonces, se abrieron los, pliegos reales con las instrucciones del viaje, en los que se dejaba al criterio del Piloto
y Maestre aguardar a los rezagados o seguir avante. Hecha consulta a los prácticos se resolvió continuar, ante el temor
a perder los vientos y corrientes favorables, y no poder llegar a la India aquel año.
Y desde ese momento comenzó la verdadera gran navegación. La «volta grande» era fruto de la experiencia naval lusa en
sus viajes por el Atlantico y el Indico. Sabían que al Oeste de Canarias, los alisios y las corrientes les permitían
cruzar el Ecuador por la parte más estrecha del Atlántico, en dirección a la costa del Brasil; que allí, a la altura del
Cabo de San Agustín, debían mantener rumbo suroeste hasta los Baixios de los Abrolhos. Y que desde éstos, navegando
hacia el sureste, habían de alcanzar la altura de la isla de Tristan de Acuña, pues manteniendo luego el rumbo superarían
el Cabo de Buena Esperanza, entrando al Océano índico. Pasado el temible escollo, los pilotos elegían según circunstancias
navegar por fuera o por dentro de la Isla de San Lorenzo (Madagascar), y luego fijaban rumbos hasta que más al norte del
llamado Cabo Guadalfui, tomaban los vientos que les llevaban directamente a Goa.
En las páginas escritas por Don García, tan tremendo viaje resulta un relato apasionante, escrito por alguien que parece
al tiempo un marino, un geógrafo, un naturalista y un astrónomo enamorado de las constelaciones. La navegación y las
tormentas, los animales marinos y las aves, los problemas de los buques y la marinería, todo fue llamando la atención del
viajero. Así, el día 30 dice que se tomó el sol en menos 8°, pero que como estas medidas las tomaban los pilotos con
astrolábios tan pequeños que impedían afinar, se cometían grandes errores de posición. Ese mismo día entraron en calmas
y notaron que les seguían la estela gran cantidad de tiburones, que Don García describe con todo detalle en su aspecto y
comportamiento, lo mismo que más adelante, ya entrado el mes de junio, el de las grandes manadas de delfines. La navegación
iba mal, tanto por la tardanza en hacerse a la mar aquel año como por el poco concierto de los pilotos: el gobierno
interno tampoco era bueno, pues el autor señala el excesivo consumo de agua potable, la mala estiba y el deficiente
gobierno del timón, la sobrecarga y la suciedad del casco.
Pero la navegación seguía con todo, y el 25 de junio empezaron a verse las constelaciones australes. Extasiado el
embajador, tras recordar las estrellas y constelaciones que ha ido observando desde su salida de la península y la
progresiva pérdida de la Polar, comienza a describir las del sur, destacando la que llama «Crucero», grupo de nueve
estrellas de las que la principal es «muy hermosa y luccida y la mayor de este Hemisperio Austral».
Astrolabia (XVII)
La constelación "Crucero"
Poco después avistaron enormes ballenas, y el 3 de julio grandes cuervos, uno de los cuales quedó enredado en la jarcia
dando ocasión a que el embajador lo examinara y describiera, mandando luego dejarlo libre sin daño en un gesto de natural
mansedumbre con los animales, repetido muchas veces a lo largo de sus recuerdos.
El 15 de julio notaron ya gran frío, y tomando el sol en 31° pensó el piloto hallarse un poco al este de la isla de
Tristan de Acuña, a unas trescientas cincuenta leguas del Cabo de Buena Esperanza. Pero se equivocaba en demasía -en más
de 400 leguas, como luego se vería-, pues en realidad se encontraban todavía muy al oeste de aquella isla, de referencia
vital en la navegación portuguesa a la India. Los vientos se hacían cada vez más fieros y el gobierno de las naves se
complicaba por los crecientes oleajes, temporales y aguaceros. El día 25 cundió el desconcierto entre los pilotos, pues
según su parecer debían haber doblado ya el cabo, aunque no hallaban señales de tierra. La situación le dio pie a
substanciosos comentarios sobre la arrogancia, envidias y obcecaciones de los pilotos de la carrera, así como de la
continua competencia entre ellos, causa repetida de muchas desgracias y naufragios.
El 10 de agosto avistaron por vez primera grandes lobos marinos, y por éste y otros indicios pensaron hallarse ya por
fin cerca del cabo de Buena Esperanza, que el día 12 se confirmó doblado, iniciándose al fin la navegación por el Indico
en busca de la India. Dadas las fechas se resolvió navegar por fuera de la Isla de San Lorenzo (Madagascar), huyendo de
peligros más frecuentes por el interior en esa época del año, causa de tantas calamidades. El 20 de agosto se tomó el
sol en 36 y a doscientas leguas de la costa de la Tierra de Natal. Siguióse avante el rumbo y el 1 de septiembre estimó
el piloto correr ya entre los bajos de Grajao, lejos de San Lorenzo. Pero se equivocó otra vez.
Cuervo marino
Lobos marinos
A esas alturas de la marea, el número de enfermos se había hecho muy numeroso, y Don García se detiene a describir las
enfermedades más corrientes, en especial la más terrible y que entonces llamaban «Mal de Loanda» -en realidad el escorbuto
del que él mismo había de morir años después,- que en su opinión el cirujano trataba erróneamente. El 2 de octubre
entraron en calmas y calores, tornados en aguaceros, lo que dificultó más la situación de los muchos enfermos y
aumentaron las muertes.
El día 13 se navegó este-nordeste en demanda de las islas de Mámale, a 40 leguas de la ciudad de Cochin en la costa india.
Pero estaban lejos, y además de las angustias de la navegación, las enfermedades y los problemas de alimentación, una
plaga de ratones infestaba las naves.
El día 21 avistaron barcas de naturales de Mámale y hablaron con ellos, tomando alguna noticia y sobre todo certeza de
la proximidad del fin de tan duro viaje. El 29 se iba navegando ya a la vista de la costa de la India, y al día siguiente
la Capitana amaneció a cuatro leguas de tierra, viendo a babor el monte Delhi. La ruta a Goa estaba ya tan cerca que tras
algún susto de última hora en bajos y arrecifes, el día 6 de noviembre se avistó la punta de la isla de Goa y «blanquear
en ella la iglesia y deuocto conuento de Nuestra Señora del Cabo».
La iglesia y convento de Nuestra Señora del Cabo
El fuerte Aguada
Fueron entrando en el surgidero y muchos navios y barcas de la población local acudieron a visitar parientes y amigos a
los que esperaban y a ofrecer agua fresca y frutas, alegrándose todos de la feliz arribada. Don García escribió que aquel
día, anclando frente a la fortaleza de la Aguada era «jueues á seis de Nouienbre de 1614, siete meses continuos menos dos
días después que esta nao, salio de la barra de Lisboa».
La primera parte de su aventura estaba cumplida.